Ciudad histórica: lugar de culto versus espacio político. Xerardo Estévez, arquitecto

Encuentro Internacional de Arquitectura Contemporánea en Ciudades Históricas. Sevilla, 17 a 19 de septiembre de 2013

Sabemos que la historia de las ciudades, de su morfología, de sus calles y plazas, de sus monumentos y caserío, ha sido un permanente proceso de construcción, destrucción, reconstrucción, conservación, restauración, reutilización, rehabilitación. Cada época marcó su énfasis estilístico, bien con la implantación de un arte nuevo que suponía normalmente un paso adelante o bien con un retorno a los modelos clásicos. Un movimiento continuo, unas veces piadoso y otras despiadado debido a las luchas de poder entre la aristocracia, la iglesia y la burguesía, o sencillamente debido al olvido, donde las ruinas emergían formando parte del paisaje urbano o las trazas quedaron hundidas bajo la arena, en un proceso de descivilización.

Las reconstrucciones eran, por lo general, un fino palimpsesto no exento de vivas polémicas en el que las fachadas, las torres y cimborrios y la arquitectura del caserío se solapaban. Se construía encima de lo anterior o tapando las viejas edificaciones con otras que se ponían delante, como si fuera un nuevo decorado.

Aunque el romanticismo trajo consigo una apoteosis de lo monumental y del prestigio del pasado, las ciudades siguieron sometidas a intervenciones de remodelación constante a las que no era ajenos los principios higienistas, como en el caso de la eliminación de las murallas. Hasta los años 50 del siglo pasado los epígonos del movimiento moderno siguieron interviniendo con mayor o menor acierto.

Sobre los monumentos se ha hablado desde siempre, pero llevamos más de doscientos años teorizando desde distintas aproximaciones. Han estado sometidos a múltiples usos que esconden historias secretas que conviene conocer, y quizá las más importantes sean aquellas que parten de su historicidad: las luchas políticas, la genialidad, la prueba y el error, las corrientes estéticas, la sabiduría, el azar, etcétera. La disyuntiva es dejarlos intactos, como un objeto funerario, o limpiarlos de las sucesivas capas hasta recuperar lo “auténtico”.

¿El hecho de que el proceso de transformación de las ciudades hubiera sido tan convulso nos autoriza para acometer intervenciones radicales en un conjunto monumental que tendemos a dar por terminado? Claro que no. De hecho, el interés por modificar el skyline suele ser tan económico como icónico, para sacar partido a cierta competencia con lo histórico.

Da la sensación, sobre todo en Europa, de que al conjunto histórico se le atribuye una instantánea, un cliché, como una veduta, de lo que fue y, por lo tanto, se considera que debe seguir siendo; de aquello a lo que, por el hecho de tener historia, años y patrimonio, piedra y monumentalidad, se le tributa una especial admiración y veneración. Ahora bien, el arte de construir la ciudad es diferente de la pintura, la literatura o la música. Toda obra artística, por muy acabada que esté, puede ser sometida a revisión, pero la ciudad histórica no solo se revisa sino que es una entidad mutante porque se habita.

Una mirada dinámica a la ciudad histórica. 

Si miramos con detenimiento nos damos cuenta de que la ciudad histórica es un conjunto de símbolos y ritos de lectura a primera vista que nos representan dentro de un sistema más amplio y complejo. Es como un concentrado de la historia que hay que saber leer, descifrar, escuchar sus mensajes. En ella se producen las ideas sobre lo urbano, ya que sus arquitecturas y ambientes matizados por el paso del ser humano aportan el equilibrio y el logos. Es un lugar de la belleza que conjunta lo canónico con la transgresión, con una urbanística y una arquitectura caracterizadas por una densidad cualificada que suscita emociones colectivas, pero que puede llegar a producir cierta fatiga.

La ciudad histórica funciona como una rótula entre el poder y su representación por un lado y la población por otro. Es un ámbito educativo, idóneo para la convivencia, que representa un “legado de sostenibilidad” porque se ha hecho lentamente. Es, en fin, un conjunto homogéneo desde la heterogeneidad de las acciones constructivas que se sucedieron en su formación. En ese sentido, es un ente paradójico que funciona con eficiencia.

Pero creo que debemos evitar ver la ciudad histórica como una mera representación de lo que hemos sido, como si fuera un trampantojo. Conviene reconsiderar nuestra actitud ante un legado tan inmenso poniendo en el mismo plano lo matérico y lo espiritual de forma que la latría no excluya una mirada crítica, intencionada.

Si nos quedamos solamente en lo que fue se corre el riesgo de carecer de deseo y convertirla en un gran teatro que nos aloja en sus múltiples moradas, graba en sus muros nuestros lamentos y alegrías y en sus pavimentos nuestras huellas, mientras contemplamos esas señales con melancolía por un pasado que siempre fue mejor. La ciudad histórica es más que eso. Es también una cuestión del presente que transmite la tradición del pasado hacia el futuro, y un exceso de sacralización impediría este ejercicio.

En demasiados casos, la belleza oculta la exclusión y relega la pobreza a sitios impenetrables, a oscuras, que interesan a pocos salvo a sus habitantes, que los aman y también los sufren. Qué voy a decir aquí, en un encuentro auspiciado por la UNESCO y la Organización de Ciudades Patrimonio Mundial, sobre lo que hay que hacer cuando el patrimonio histórico se combina con la pobreza y la exclusión.

Sea como sea, preguntémonos con frecuencia qué es lo que vemos, qué estamos mirando, de quién es, para qué y para quién va a ser, cambiando la veneración por la consideración, el culto por el reconocimiento, y la intocabilidad por la concienciación, la leyenda por la realidad histórica.

Una dicotomía incómoda

 A lo largo de doscientos años de confrontaciones teórico-científicas hemos incorporado un nuevo vocabulario que consiguió tranquilizar las aguas expresando la dualidad del campo de trabajo: viejo y nuevo, tradición y modernidad, conservación e innovación. A este repertorio añadiría aún otros conceptos tomados del pensamiento y la literatura: memoria y deseo, apolíneo y dionisíaco, razón y sentimiento, vanguardia y sosiego…

Esta dicotomía no supone elegir una cosa u otra, ni siquiera para darle sentido al período que nos toque vivir; después de un proceso convulso de renovación debe venir un período de reflexión. El desafío consiste más bien en movernos simultáneamente entre los dos extremos del compás, al igual que hacemos con nuestra propia existencia. Es así de complejo, por eso no tiene una única solución, pero sí cabe introducir en el debate otras palabras y significados: creatividad, tecnología, material, individuo, sociedad, urbanismo, normas, paisaje, sostenibilidad, construcción, política, economía, cultura, belleza…

Las decisiones en la ciudad histórica no son cómodas porque no se pueden proyectar políticas y planes a muy largo plazo. Hay que estar atento, porque todo ello solo tiene sentido si contamos con los que la usan a diario y los que vienen a admirarla o incluso a banalizarla, sin caer en la simplificación de alabar a unos y denostar a otros.

Podemos concluir que todas las cosas del pasado son también nuestras.

Miradas. Omnipaisaje y paisaje nacimiento 

Ante la ciudad histórica la primera mirada tiene que ser displicente, desocupada, tangente, como corresponde al vivir y al convivir, no podemos fijarnos en toda la monumentalidad que nos rodea porque se nos echa encima.

Pero junto a esa mirada superficial debe haber otra disconforme, que parta del desacuerdo con la realidad que palpamos y que permita proyectar un nuevo empeño para idear un porvenir mejor. Esa inquietud se nutre de la literatura, la plástica, el pensamiento, porque todos los grandes pensadores y artistas han hablado sobre ciudad y monumento. De esta manera se puede captar una visión holística que mezcla lo que uno ve con lo que uno piensa.

Esa observación penetrante exige a su vez fijar los distintos puntos de vista, que son infinitos. Se impone una selección previa en función de la accesibilidad, el disfrute del mayor número de personas, las horas y las luces, etcétera. De lo contrario, tendríamos una especie de omnipaisaje que pretendería, por ejemplo, que una nueva arquitectura en la ciudad histórica tiene que mimetizarse con lo tradicional desde cualquier punto.

Cuando observamos el skyline de una ciudad desde la lejanía, como resultado de la conicidad de nuestra vista todo parece pequeño, como una maqueta. Para analizarlo pienso que un método acertado consiste en ir acercándonos y examinando las sucesivas perspectivas urbano-arquitectónicas, con sus contenidos culturales y sociales. Esa mirada vendría a ser como un zoom que desde la lejanía se acerca hacia el intradós y va analizando los espacios públicos, sus usos y abusos, los materiales y la movilidad, los monumentos… Esta progresión de lo general a lo concreto y viceversa, de la calle a las casas, del edificio al interior, del mito a la realidad, permitirá analizar el encaje de las arquitecturas y la rivalidad entre ellas en un ejercicio continuado, superponiendo los groundlines oscilantes que van apareciendo a través de los itinerarios por los que discurrimos. De esta manera mezclaremos los horizontes alejados, que pueden resultar engañosos, con los horizontes concretos creados por las bambalinas histórico-artísticas y las personas. Seguramente serán más complejos, pero también más ricos.

 Ese recorrido nos acompañará hacia la decisión y ese es el ámbito de lo que, citando en sentido amplio a Platón, llamo politeia, entendida como el transcurso, el paseo que hay que hacer como colectivo para adoptar decisiones.

Politeia

Yendo un poco más allá, consiste en poner sobre la mesa todos los vectores –económicos, culturales, sociales, históricos, patrimoniales– a tener en cuenta para adoptar la decisión proporcionada y documentada.

No se trata de aplicar fórmulas magistrales o improvisaciones, sino más bien de elaborar un modo de empleo que permitirá aportar la dosis de mantenimiento, conservación, restauración, rehabilitación o sustitución, buscar el momento para llevarlas a cabo y decidir dónde hay que enfatizar: en unas ocasiones habrá que actuar como médicos de urgencia, en otras aportar una cultura del mantenimiento, en otras aligerar la presión inmobiliaria, en otras prescindir del boato o evitar la exclusión. A veces habrá que desarrollar pautas de concentración o de descentralización de servicios y equipamientos con el fin de atraer interés y evitar tensiones, y siempre hay que hacer una apuesta firme por la residencia intergeneracional, intersocial. El tema de una fiscalidad diferencial y el nivel de solidaridad con las otras partes de la ciudad, y la cuestión de los usos –residencial, terciario, por calles y por intensidades– pasan a ser absolutamente determinantes.

La calidad de los documentos urbanísticos y arquitectónicos es la piedra de toque. Un buen documento aproxima posturas y uno deficiente las separa. Aún a riesgo de repetirlo una vez más, afirmo que los instrumentos para tener una visión global los aporta el planeamiento general y especial, los catálogos y su perfil rehabilitador, los planes directores de los monumentos, con la combinación adecuada de la arquitectura y el plan.

Las nuevas intervenciones, desde mi punto de vista, deben ser analizadas en el contexto global del planeamiento. Aquí se plantean varios temas: el imperativo del objeto, es decir, la utilidad o necesidad de la nueva arquitectura, que muchas veces se justifica socialmente para recuperar una parte degradada de la ciudad; la dualidad espacio-lugar, acertar con la ubicación, bien en un hueco existente o mediante una remodelación; la “domesticación” del objeto, la necesidad o no de ajustar el programa a la morfología del contorno –hay programas incompatibles con la ciudad histórica–; y la elección del autor del proyecto, partiendo de la tautología de que, por lo regular, la buena arquitectura la hacen los buenos arquitectos.

Pero no es solo cuestión del proyecto urbanístico, sino también del proyecto urbano que piensa en todos, en los niños y los mayores, en los residentes y los transeúntes, en los turistas y los inmigrantes,… resulte más o menos gratificante, a lo largo de los trescientos sesenta y cinco días del año. Gestionar lo público y lo privado conjuntamente, porque su uso es cambiante y, por lo tanto, tiene que ser versátil.

Entender que las plazas, calles, jardines, son espacios políticos por excelencia, encontradizos, amortiguadores de conflictos, donde se representa la simbología de la ciudad y se crea el sentido de la ciudadanía.

La propuesta del proyecto urbanístico y urbano inicial corresponde la administración, que la abre a la participación de los habitantes, los profesionales, los emprendedores, a partir de tres condicionantes: un conocimiento profundo de la realidad social, una buena concertación entre técnicos, funcionarios y políticos, y dedicar tiempo de reloj para evitar actitudes impositivas e impregnar de la filosofía ilustrada del proyecto a la ciudadanía.

Pero quizá lo más importante para un municipio sea darse cuenta de que las políticas para la ciudad histórica debe ser transversales en su propio seno, basadas en el consenso, de manera que los documentos de planeamiento tengan fases de aceptación conjunta, como si fuera una pequeña constitución, para que no haya de cambiar todo cuando la situación política cambie. Y también deben ser transversales, y quizá obligadas, las fórmulas de cooperación entre las administraciones local, regional y central.

Sin todo esto, se corre el riesgo de incurrir en la práctica contradictoria de convertir la ciudad histórica en un lugar de culto que se preserva cual relicario, más en su apariencia que en su realidad, y, al mismo tiempo, por falta de atención y de interés, se tolera su banalización.

En el fondo, esa politeia colectiva, transversal entre la sociedad, los administradores y los expertos, liderada por el municipio, es hacer de la ciudad histórica y de sus entornos un afán, un deseo de la cultura, de la educación, de la economía, de la belleza, del arte y su disfrute, etcétera, porque es el espacio de la condición humana y si aún no lo es, habrá que seguir trabajando para que lo sea

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Artículo de Xerardo Estévez en 2001: Santiago de Compostela, Conservación y Transformación. 

compostela-conservacion-y-transformacion.pdf

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